miércoles, 20 de enero de 2016

El fin de la vieja guardia

Se llaman Emilio y José pero podrían llamarse de cualquier otra forma. Podrían llamarse como cualquiera de nosotros. José lleva una badana en la cabeza aunque con ella no pretende esconder sus ideas. El resto de sus accesorios las dejan claras. Emilio es su hermano gemelo. Nacieron en 1966, en una época en la que los valores servían para algo. Aunque sólo fuera para correr delante de los grises con clase y categoría.  Llevaban el pelo largo cuando eso significaba ser un delicuente y caer bajo las hostias de un madero que se amparaba en la ley de peligrosidad social. Y siguen llevándolo largo. No se dejan llevar por las modas ni por aquello que les impone la televisión.  Porque no tienen televisión.  Tienen principios. Algo que no está de moda.

Siguen aparcados delante del edificio que ocupaba hace años la tienda Madrid Rock. Eran otros tiempos. Por aquel entonces la música significaba otra cosa. No se trataba de acumular. Se trataba de disfrutar. Las carencias económicas te hacían mucho más selectivo. Solamente te comprabas un disco cuando era de un artista muy concreto. Y si no se pirateada.  Si. Se pirateaba.  Te ibas a la plaza de Lavapiés o al Rastro y buscabas al piratilla de guardia que te daba una cinta de casete con una fotocopia de la portada. O si no lo encontrabas siempre había algún colega que se lo había comprado y te hacia una copia. Era el Emule de los 80. Además había tiendas en las que vendían discos. Si, si. Eran una especie de Primark que, en lugar de tener ropa tenia vinilos y casetes. Y precisamente ahí,  donde están posando Emilio y José era donde estaba la tienda de discos más grande de Madrid en los 80. Madrid estaba lleno de tiendas de discos. Justo a la vuelta de este establecimiento estaba la calle Tres Cruces. Todos los locales de esa calle eran tiendas de discos de segunda mano donde siempre podías encontrar joyas descatalogadas o restos de serie a precio de ganga.  Y cuando llegabas a casa había otra serie de liturgias. El quitarles el plástico que los envolvía.  El pasarles un cepillo de terciopelo para quitarles el polvo y el posarle suavemente la aguja del tocadiscos sobre los surcos de la primera canción. Y ese chisporroteo que iba desapareciendo poco a poco hasta que sonaban las primeras notas. Cada uno tenia sus liturgias. La más común era tumbarte en la cama con las letras de las canciones y disfrutar una a una de todas y cada una de ellas. Yo tenía un divertimento que echo mucho de menos. Llegaba a casa con el disco recién comprado. Lo abría.  Sacaba el libreto y antes de poner el disco leía las letras y me imaginaba como era la canción. "Esta es una balada. La segunda es un rock enfurecido. Y la tercera es... un ritmo medio que va in crescendo hasta romper los altavoces". Casi nunca acertaba. Y en el caso de Sabina era prácticamente imposible porque lo mismo te hacia un rock que un bolero. Pero José y Emilio lo tenían claro. Tenían claro que los rockeros van al infierno y que en cada concierto de rock and roll las campanas doblan por Bon Scott, por Janis,  Lennon, Allman,  Hendrix, Bolham, Bonham, Brian y Moon. Es curioso. Me estoy refiriendo continuamente durante toda esta parrafada a "liturgias", "doblar de campanas"... Todos términos religiosos. Y es que, para ellos como para mucha gente, la música es tan grande como una religión.  Una religión que además mueve muchas más personas que las "verdaderas" religiones. Igual que la fe católica ha sido capaz de hacer que el hombre construya catedrales, pinte cuadros o encabece cruzadas, la música es capaz de construir  conciencias, pintar sueños y encabezar revoluciones. José  y Emilio encabezan su propia revolución frente a un local, que antes vendía sueños y ahora los financia a cómodos plazos. Ya se organizan viajes desde otras provincias para visitar la cumbre de los sueños del consumismo. Se han perdido las liturgias, los vinilos, los cepillos de terciopelo. En definitiva, los sueños. Ellos son la rara avis en un mundo que cambia la cultura y el arte por consumo de masas y gasto desmedido. Ellos son la resistencia que ya no existe en el mundo que ya no sueña. Ellos son el último bastión de una generación que ahora cuida de sus hijos olvidando las locuras de su adolescencia. Aquellas locuras  que algún día les hicieron vivir con la mayor intensidad. Con la mayor dosis de felicidad.  Como un chute de vida que entraba por una aguja y salía por unos altavoces.

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